Hay personajes que terminan por ocupar tanto espacio en la vida pública que, a veces, cuesta distinguirlos de la persona que existe detrás. Augusto Merino Medina es uno de ellos. Bajo el nombre de Ruperto de Nola ha desarrollado una extensa trayectoria como cronista gastronómico, con una mirada propia sobre la cocina, sus tradiciones y quienes la practican.
Su figura despierta admiración y respeto en buena parte del mundo gastronómico y cultural. Sin embargo, su estilo directo y sus juicios categóricos también han generado resquemores y antipatías entre quienes consideran que su mirada puede resultar elitista o centralista. Es parte de una personalidad pública que no suele pasar inadvertida y de una manera de entender la gastronomía que ha defendido con convicción.

En octubre de 2026, la Academia Gastronómica de Chile reconoció su trayectoria y su aporte a la cultura culinaria nacional. La ocasión nos pareció una oportunidad para ir más allá del homenaje y de la figura conocida, y acercarnos al hombre que está detrás de la firma: al niño que creció entre preparaciones familiares, al joven que estudió Derecho y se interesó por la filosofía y la política, y al hombre que encontró en la cocina un territorio desde el cual observar y comprender el mundo.
En esta conversación con Como Me Gusta, Augusto Merino comparte recuerdos de su infancia, el descubrimiento de nuevos sabores, el origen de Ruperto de Nola y las ideas que, hasta hoy, orientan su relación con la cocina.
La infancia y las cocinas que dejaron huella
Augusto, cuando piensa en su infancia, ¿qué recuerdos conserva de aquellos primeros años?
Tuve una infancia marcada, en lo culinario, por mi madre, mis abuelos y mis tíos. Mi madre tenía una gran afición a la cocina; nos hacía probar cosas nuevas y, para la época y para nuestra edad, harto raras (como, por ejemplo, un “potage à la Du Barry”, de coliflor y leche, que nos hizo a los hermanos sufrir lo indecible).
¿Hay alguna persona o escena familiar alrededor de la mesa que recuerde con especial cariño?
En la casa de mis abuelos paternos había una cocinera, la Herminia (bendita sea), que dominaba, verdaderamente, la buena cocina chilena de casa, la antigua: las mejores y más equilibradas cazuelas de ave, las mejores croquetas de carne (molida en la casa), las mejores empanadas de horno cuya factura tomaba dos días, el mejor guiso de mote en leche, los mejores locros falsos, los mejores caldillos de choritos, los mejores pollos asados, etc.
Una de mis tías paternas conocía muy bien la cocina francesa “bourgeoise”, y nos la daba a probar de cuando en cuando (con ella conocí las auténticas “omelettes”, las cremas “bavaroises”, y muchas otras cosas).
En casa de mi abuela materna me acostumbré, entre otras cosas, a las tostadas más perfectas para el té (rebanadas bien finas, cortadas transversalmente, de marraqueta, bien y parejamente enmantequilladas), y a los sánguches de marraqueta con los chicharrones producidos por el derretimiento en casa de la grasa en pella para cocinar.
Finalmente, aunque en el colegio no era medio pupilo sino que almorzaba en mi casa, aprendí en él lo que son los buenos guisos de porotos, los arroces bien graneados, las sopaipillas pasadas lo justo —y no más— por miel de chancaca (no reblandecidas en ella hasta morirse ahogadas).
En sus recuerdos aparecen sabores, técnicas y preparaciones que hoy forman parte de una memoria culinaria que no siempre se conserva. No se trata solamente de platos, sino también de personas, costumbres y maneras de cocinar que dejaron una huella profunda en su formación.
De los estudios de Derecho al descubrimiento de la cocina
La trayectoria de Augusto Merino no comenzó en una cocina profesional ni en una escuela gastronómica. Su formación inicial fue otra.
¿Qué camino lo llevó desde el Derecho y la filosofía hasta dedicar buena parte de su vida a la gastronomía?
Luego de estudiar Derecho y de titularme de abogado, cosa que en ese entonces se hacía más o menos rutinariamente, me dediqué a estudiar política y filosofía, que era lo que me atraía y, estando en la Universidad Católica, obtuve una beca para Inglaterra.
Ese fue el momento de la verdadera “conversión” culinaria: de haber sido un gran admirador de la buena cocina, pasé a ser un cultivador o productor de ella (en la medida de mis fuerzas, naturalmente).

La beca era para estudiar sociología política, cosa que nunca me convenció como disciplina científica (otra cosa es la gran política, en la tradición de Platón y, sobre todo, Aristóteles), por lo que, cumplidas las obligaciones asumidas, leí y estudié mucho de cocina.
¿Cuál fue el mayor logro intelectual de esos años?
El conocimiento y práctica de las especias en la cocina. Una revolución de nariz y lengua.
El nacimiento de Ruperto de Nola
A su regreso a Chile, Merino encontró un escenario periodístico gastronómico que, a su juicio, ofrecía pocas voces capaces de abordar la cocina con profundidad. Fue entonces cuando comenzó a publicar sus crónicas, dando vida a un nombre que terminaría convirtiéndose en una referencia para los lectores interesados en gastronomía.
¿Cómo nació Ruperto de Nola?
A mi vuelta a Chile, me encontré con un panorama periodístico-culinario que, aparte de algunos verdaderos astros, como Enrique Lafourcade (Conde de La Fourchette), la Soledad Martínez y unos pocos más, era más bien pobre (no había, por ejemplo, crítica alguna de vinos, en un país que pretendía alcanzar fama en el rubro…).
Aprovechando una vieja amistad con el director de la Revista del Domingo del recién fundado diario La Época, comencé a escribir crónicas sobre cocina, adicionadas de una receta, en el cuarto número de esa Revista. Ahí continué durante algunos años.


El pseudónimo de Ruperto de Nola, me pareció indispensable, dada la tontera grave que imperaba en las Universidades chilenas, para no desacreditarme como profesor.
Ruperto de Nola fue uno de los primeros cocineros españoles de fines del medioevo, y publicó un libro de cocina en catalán que se tradujo al castellano a comienzos del siglo XVI. Y luego empecé a colaborar con otras revistas y periódicos, hasta el día de hoy.
El seudónimo, entonces, no fue un simple recurso para firmar sus textos. También fue una forma de separar su trabajo gastronómico de su actividad académica. Con los años, ese nombre se consolidó como una identidad propia, asociada a una escritura que no rehúye la crítica ni disimula sus convicciones.
La cocina tradicional como punto de partida
En sus respuestas, Merino vuelve una y otra vez a la cocina de casa, a las preparaciones heredadas y al conocimiento acumulado por generaciones. Para él, la tradición no es un obstáculo para la evolución gastronómica, sino el fundamento desde el cual puede construirse algo con identidad.
Después de tantos años observando, probando y escribiendo sobre gastronomía, ¿qué le ha enseñado la vida que no se aprende en los libros?
He aprendido que un buen cocinero necesita para su éxito, como condición sine qua non, conocer bien la cocina nacional y, más precisamente, la cocina de casa, la tradicional.
Todas las grandes cocinas del mundo, las “cocinas internacionales” verdaderamente buenas, tienen sólidas raíces en lo tradicional de sus provincias y lugares, y aún lugarejos.

Querer reemplazar esa sólida base con conocimientos aprendidos en academias u otros lugares, o reemplazarla por una supuesta “creatividad”, es uno de los errores (¡de las trampas!) más graves y frecuentes en que caen los cocineritos aspirantes a “chef”.
¿La prueba? Los cocineros más extravagantes de los últimos tiempos, como el catalán Ferran Adriá, han a menudo declarado que se fundaban en la cocina de su pueblo, que conocían a la perfección.
Cuando descubro en un restorán una cocina que dice a la legua de donde viene en el tiempo y el espacio, me conmueve verdaderamente: esa cocina es la que podría permitirnos presentar lo chileno como algo a la altura del mundo.
El reconocimiento y la modestia frente al homenaje
En octubre de 2026, la Academia Gastronómica de Chile distinguió a Augusto Merino por su trayectoria y su contribución a la cultura culinaria nacional. Lejos de recibir el homenaje como una confirmación de sus méritos, su respuesta estuvo marcada por el agradecimiento y una cuota de escepticismo hacia los elogios.
¿Qué sintió al recibir este reconocimiento?
Dos cosas: agradecimiento profundo por el cariño y la amistad de los académicos, y convicción de no estar en absoluto a la altura de las flores y lindezas que se me dijeron (a estas alturas, uno ya más o menos sospecha cuáles son los puntos que calza).


La respuesta tiene algo de su estilo: una mezcla de ironía, distancia y honestidad que evita el tono solemne que suelen adquirir los homenajes. Pero también deja entrever el valor que atribuye al afecto y a los vínculos personales.
¿Qué le diría hoy al niño que fue?
Al volver sobre su infancia, la conversación adquiere otra dimensión. Ya no se trata únicamente de las preparaciones que recuerda ni de los conocimientos que acumuló a lo largo de su vida, sino de aquello que considera importante preservar y transmitir.
Si pudiera sentarse hoy a la mesa con aquel niño que fue, ¿qué le gustaría decirle?
“Memoriza lo que te enseñó tu madre y tu abuela; escarba en el pasado y rescata todo lo que la desidia o la estupidez han desechado; no se te ocurra inventar nada antes de dominar lo ya inventado, chiquillo de moledera”.
La huella que quisiera dejar
Después de décadas de crónicas, observaciones y opiniones sobre el mundo gastronómico, la pregunta final apunta a aquello que le gustaría que permaneciera en sus lectores.
¿Qué quisiera que las personas recogieran después de leerlo?
Quisiera que recogieran la idea de que no hay peor enemigo del buen comer que la afectación, por un lado, y la ignorancia, por otro; que el buen comer requiere de buen humor y de buena compañía; que no se puede comer desde alturas doctorales ni prosopopéyicas; que tampoco se puede hacerlo entre truenos y relámpagos de ira y malquerencia y, finalmente, que comer es parte de la ética de la amistad, de la cortesía y del cultivo del hombre (también llamado “cultura” por los refinados).


En esa respuesta final conviven el rigor, la ironía y una concepción de la mesa que trasciende la técnica culinaria. Para Merino, comer bien no depende únicamente de la calidad de un producto o de la destreza de quien cocina. También exige disposición, conocimiento, cortesía y compañía.
Quizás allí se encuentre una de las claves para comprender a Augusto Merino Medina más allá de Ruperto de Nola: en su convicción de que la gastronomía es parte de una cultura que se aprende en casa, se enriquece con el estudio y se expresa también en la forma en que nos relacionamos con los demás.
El reconocimiento de la Academia Gastronómica de Chile constituye una ocasión para valorar esa trayectoria y abrir una conversación sobre su legado. Una figura que provoca adhesiones y desacuerdos, pero que ha sostenido durante años una voz propia en el debate culinario nacional.
Y detrás de esa voz, antes de las crónicas y los juicios, permanece también el recuerdo de aquellas mesas familiares, de la cocina de su madre y sus abuelos, de la Herminia y sus empanadas de horno hechas en dos días. Una memoria que, en su caso, no quedó guardada en el pasado, sino que terminó convirtiéndose en una manera de mirar y contar la gastronomía.
Por: Caro Aliaga M.
Imágenes: Nadia Martínez / Álbum personal Augusto Merino Medina.




