Una invitación a una cata, lanzamiento o experiencia gastronómica supone confianza. Confianza en quienes organizan, en quienes producen y, especialmente, en que los alimentos que se ofrecen están en óptimas condiciones para ser consumidos. ¿Qué ocurre cuando esa confianza se rompe y quienes asistieron terminan enfermos?
Hace unos días, un grupo de periodistas fuimos invitados a una cata degustación, actividad organizada por organismos públicos y privados. Lo que debía ser una instancia para conocer y disfrutar un producto terminó generando preocupación entre varios de los asistentes, quienes posteriormente reportaron diversos malestares gastrointestinales.
Algunos colegas estuvieron con síntomas durante varios días. Otros continúan con molestias y existe incluso preocupación por la posibilidad de que el problema pueda extenderse más allá de una simple indigestión.
Ante esta situación, algunos afectados han manifestado su molestia y se han preguntado qué ocurrirá con los gastos médicos asociados y, principalmente, quién debe hacerse responsable.
Y aquí aparece una pregunta que considero necesaria hacer…¿existe un protocolo para estos casos?
No se trata de buscar culpables antes de conocer todos los antecedentes ni de realizar una acusación sin fundamentos. Se trata de entender que cuando se organiza una actividad donde se ofrecen alimentos, existe una responsabilidad que no puede quedar en segundo plano: asegurarse de que aquello que se entrega para consumir esté en condiciones óptimas y cumpla con todas las exigencias sanitarias correspondientes.
No debería ser algo aleatorio
Como periodistas gastronómicos, estamos constantemente invitados a conocer restaurantes, bares, hoteles, productos, lanzamientos y nuevas propuestas. Probar alimentos y bebidas es parte de nuestro trabajo, pero también implica una relación de confianza con quienes nos invitan.
Y esta situación me hizo recordar otras experiencias, quizás menos graves, pero que apuntan al mismo problema.

En una oportunidad, como equipo, fuimos invitados a conocer la propuesta de barra de un reconocido bar de Alonso de Córdova. El bartender, a quien conocemos y sabemos que realiza un excelente trabajo, nos preparó algunos cócteles y también recibimos algunas cortesías para acompañar.
Sin embargo, al probar una de las preparaciones con carne, nos dimos cuenta inmediatamente que el producto no estaba bien. No era necesario ser especialista para notarlo. La carne tenía un aspecto que hacía evidente que no debía servirse.
Pedimos que lo retiraran y, para evitar cualquier otro inconveniente, decidimos pedir otras preparaciones por nuestra cuenta. Lo curioso y, a la vez lamentable, es que quien quedó en una posición incómoda fue el bartender, una persona que nada tenía que ver con lo ocurrido en cocina.
Productos vencidos: una práctica que tampoco debería normalizarse
Hay otro punto que también me preocupa y que, lamentablemente, hemos visto más de una vez: muestras enviadas a prensa que están vencidas o a pocos días de vencer.
¿De verdad cuesta tanto revisar las fechas antes de enviar un producto?
Una marca puede tener una enorme inversión detrás de un alimento, una bebida o cualquier producto que quiera dar a conocer. Puede existir stock, costos de producción y una estrategia comercial. Todo eso es perfectamente entendible.
Lo que no debería ser entendible es que ese producto termine en manos de un periodista, comunicador, influencer o especialista cuando ya está vencido o prácticamente al límite de su fecha de consumo.
El organismo no entiende de estrategias de marketing. Si un alimento está vencido, existe una razón para que tenga una fecha de vencimiento.

Algo similar ocurrió durante el lanzamiento de un importante evento realizado en agosto. A los asistentes se les entregaron bolsas con distintos productos relacionados con la actividad, provenientes tanto de grandes empresas como de pequeños emprendimientos.
La idea era buena. Era una forma de mostrar productos, apoyar emprendimientos y generar una experiencia para quienes participaron.
Pero nuevamente aparecieron algunos productos vencidos o a punto de vencer.
Y entonces volvemos a la misma pregunta: ¿Por qué? e incluso… ¿Para qué? ¿Tenemos que comprender algo de esa experiencia en particular?
¿Hasta dónde llega nuestra responsabilidad?
Quizás alguien pueda pensar que estos casos son anecdóticos. Que una muestra vencida no es para tanto. Que una carne en mal estado simplemente se retira. Que una persona puede haber tenido una indigestión por otra razón.
Pero cuando estos hechos se repiten, dejan de ser situaciones aisladas y comienzan a revelar una falta de prolijidad que debemos cuestionar.
Porque detrás de cada alimento que entregamos hay una persona que confía en que puede consumirlo sin enfermar.
Y si esa persona termina intoxicada, la consecuencia no es solamente pasar un mal rato. Puede significar días de malestar, consultas médicas, medicamentos, exámenes, pérdida de horas de trabajo, preocupación familiar y un desgaste físico y emocional que nadie debería asumir por participar de una actividad gastronómica.
Si el problema es más grave, incluso puede terminar en acciones legales y otros gastos.
Entonces, volvemos a la pregunta inicial…¿quién se hace cargo?
El silencio también nos hace parte
Una amiga me dijo algo que me quedó dando vueltas: “si seguimos callando estas prácticas, nos convertimos en cómplices”, razón que me motivó a redactar este artículo.
Y creo que tiene razón.
No porque debamos salir a “funar” públicamente a cada establecimiento, marca u organización frente a un problema. Tampoco porque todas las situaciones tengan necesariamente la misma gravedad.

Pero sí porque tenemos una responsabilidad como comunicadores.
Si detectamos un producto vencido, debemos decirlo. Si una preparación está evidentemente en malas condiciones, debemos advertirlo. Y si un grupo de personas enferma después de una actividad donde se consumió un determinado alimento, corresponde preguntar, investigar y exigir respuestas.
También es importante que las organizaciones que realizan estas actividades tengan protocolos claros. ¿Qué ocurre si un invitado presenta síntomas? ¿A quién debe contactar? ¿Se realiza un seguimiento? ¿Se informa a la autoridad sanitaria cuando corresponde? ¿Existe algún mecanismo para orientar a los afectados respecto de atención médica o gastos derivados de una eventual intoxicación?
Son preguntas básicas cuando hablamos de alimentos.
Prevenir siempre es mejor
No escribo esto para generar alarma ¿o si?. Prácticamente, lo escribo porque creo que debemos ser más rigurosos.
Quienes organizan degustaciones, lanzamientos y actividades gastronómicas deben ser prolijos, detallistas y responsables. Quienes entregan productos como muestras o regalos también deben revisar fechas, conservación, almacenamiento y condiciones de entrega.
Y quienes participamos de estas experiencias tenemos derecho a esperar que esas condiciones se cumplan.
En el caso más reciente de la intoxicación de varios colegas, queda pendiente saber qué ocurrió exactamente y, sobre todo, qué medidas se tomarán frente a los malestares reportados por los asistentes.
Porque más allá de determinar responsabilidades, hay algo que debería estar claro: una invitación a degustar un alimento nunca debería transformarse en una experiencia que termine dañando nuestra salud.
Y quizás este sea también un buen momento para preguntarnos, como industria gastronómica, comunicadores, marcas y organizadores de eventos: ¿qué estamos haciendo para que esto no vuelva a ocurrir?
Si has vivido una experiencia similar con alimentos vencidos, productos en mal estado o una intoxicación después de participar en una actividad gastronómica, cuéntanos. Hablar de estas situaciones, con responsabilidad y antecedentes, también puede ayudar a marcar un precedente y contribuir a que las cosas se hagan mejor.
Por Caro Aliaga M. – Periodista y directora-fundadora comomegusta.cl
Imagen portada: Rubén Mavarez







